lunes, 29 de agosto de 2011
Imagen de portada de la revista Mella en 1965
Para colaborar con Mariela Castro (III)
Para colaborar con Mariela Castro (III)
Tercero de una serie en seis partes, sobre las atrocidades sufridas por
quienes fueron enviados a las UMAP
Félix Luis Viera, México DF | 29/08/2011
Antes de cerrar las puertas, soldados en pequeños grupos corrieron hacia
atrás y hacia delante —se cruzaban unos y otros— a unos cuatro metros de
distancia de los vagones, anunciándolo; y llegaron otros para advertir a
los reclutados que tenían que "guardar disciplina" y que ellos, los
soldados, estarían al tanto desde sus sitios en otros vagones.
Varios de los hombres aconsejaban en alta voz que sería necesario cerrar
los ojos y, al abrirlos, ya la oscuridad sería menos. Pero nunca fue
ostensiblemente menos mientras los vagones estuvieron cerrados. Y no lo
estuvieron solo cuando, al acercarse a algún pueblo, eran abiertos;
desde fuera, por los soldados, se entiende. La oscuridad era compacta y
resultaba un agobio extra oír, perennemente, los quejidos en alta voz, a
gritos, como si quienes los prodigaban intentaran ser escuchados, de
todas todas, por encima del ruido del tren en movimiento. Solo entraban
algunos hilos de luz por los laterales, arriba. Seguramente, ciertos
vagones estaban destinados a transportar algo que contuviera químicos:
no pocos de los hombres estornudaban sin parar, mientras otros se
quejaban de que los estaban escupiendo.
Todos serían un amasijo de sudor; el calor, lógicamente, era mucho más
que en el exterior. Y eran un amasijo de conjunto: iban pegados unos
contra otros, como pudieran, más la impedimenta de los equipajes. En
sendos extremos había un perol con agua de tomar. Pero llegar hasta
allí, para los que viajaban en medio —los más—, resultaba el azar;
tenían que andar a tientas, apoyarse en los cuerpos de los demás; caían,
discutían, se golpeaban al bulto. Y finalmente, en muchos casos, se
escuchaba el pesar: no traían con qué tomar; y era el azar mayor pedir
prestado un vaso en la oscuridad. Hasta el final se escucharía, entre
maldiciones, la queja de que algunos estaban valiéndose de las manos
para tomar el agua.
El tren hizo la primera para quizás dos horas después, en las afueras de
una población: a los lejos se veían las cimas de las casas más altas.
(Posteriormente, las paradas serían semejantes, siempre cerca de los
sitios poblados, nunca justamente en ellos.) Abrieron las puertas y
llegaron soldados repartiendo una lata de sardinas per cápita, exigieron
que cada uno tomara su lata y se fuera hacia el extremo del vagón que
indicaban, para que no hicieran trampas, "no vayan a coger de más",
aclaraban. Junto a cada puerta estaban soldados con fusiles en ristre.
No había permiso para bajar, contestaban. ¿Y para orinar?, preguntaron
varios. ¿Si no había permiso para bajar, cómo lo habría para orinar
"aquí afuera"?, respondió uno, sobre todo ese uno. Lo real era que nadie
podría saber cuántos hombres ya se habían orinado en el vagón; ni que
varios, además de los churres todos del camino, tenían orine en sus
ropas y piel. Será difícil para los reclutas olvidar los portazos de las
puertas corredizas, los cuales iniciaban los largos tramos de ceguera
impuesta, promiscuidad, golpes involuntarios entre sí y contra las
paredes de tablas.
Pocos de los reclutados tenían abridores y así las latas de sardina eran
estalladas contra las maderas o cualquier trozo de piso disponible; a
tientas. Ni tenían cubiertos y las sardinas eran tomadas con los dedos,
succionadas con las bocas, que luego expulsaban las pieles, aceites y
huecesillos en la penumbra. Dentro del calor, que parecía desleír los
cuerpos, los malos olores fueron aumentando en la medida en que el viaje
continuaba; hedores a sardina, excremento, orina, sudores, sangre.
Para sobreponerse al ruido del tren en movimiento era necesario gritar
con mucha fuerza y a la vez contar con una voz igual de aguda. Por lo
general las voces formaban un murmullo alto —valga la paradoja— que
llegaría a producir un letargo colectivo. Sin embargo, aquella se
superpuso al ruido ambiente y a las demás: "¡No resisto más! ¡Quiero
ver, quiero ver!", gritaba o más bien chillaba aderezando la frase con
palabras malsonantes. Era la voz de un hombre flaco, encorvado, con su
pelo cepillado castaño claro, de ojos grandes y la piel de la cara muy
pegada a los huesos; estaba sin camisa y las costillas se le podían
contar con la mirada. Esta descripción solo fue posible cuando, en una
de las paradas del tren, el hombre continuó con los mismos gritos luego
que los soldados abrieron la puerta del vagón. Y gritando se lanzó
contra los guardias, para caer de bruces contra la tierra. Y siguió
gritando, aullando, chillando "¡quiero ver!", a la vez que se quejaba de
los dolores, cuando se lo llevaban.
http://www.cubaencuentro.com/cuba/articulos/para-colaborar-con-mariela-castro-iii-267560
sábado, 27 de agosto de 2011
Activistas del Observatorio LGTB distribuyen impresos sobre diversidad sexual
sexual
Saturday, August 27, 2011 | Por CubaNet
LA HABANA, Cuba, 29 de agosto (Moisés Leonardo Rodríguez,
www.cubanet.org) -Decenas de personas se interesaron en los materiales
sobre diversidad sexual que distribuyeron miembros del Observatorio
cubano de los derechos de lesbianas, gays, bisexuales y transgéneros
(LGBT) frente al Cine Payret, de Centro Habana, a partir de las once del
día del 27 de agosto.
Activistas del Observatorio, junto a simpatizantes del mismo, entregaron
a los interesados el primer número del boletín del Observatorio,
nombrado Despertar, que aborda el tema de la ¨salida del clóset¨ de las
personas LGTB.
También repartieron plegables continentes de temas diversos como el
protocolo del Observatorio, las ventajas e inconveniencias de salir del
closet, según el criterio de especialistas y testimonios de personas
LGBT, entre otros, así como unas pequeñas banderitas en que se unen la
enseña nacional y la compuesta por los colores del arcoíris, símbolo de
la comunidad LGBT en todo el mundo.
Elizabeth García, activistas del Observatorio, dijo a este reportero:
¨No pudimos repartir más materiales por la falta de recursos para
imprimir cantidades mayores. Al correrse la voz por esta zona tan
concurrida, mucha gente se interesó pero los impresos se agotaron¨.
Inicialmente se planeó repartir los materiales en el parque El Quijote
en la esquina de 23 y J, en el barrio de El Vedado, pero la presencia de
brigadas de respuesta rápida, integrada esta vez por personas de la
tercera edad bajo el pretexto de que esperaban para hacer ejercicios,
hizo que a ultima hora los organizadores decidieran cambiar el lugar,
para evitar la confrontación planeada por el grupo paramilitar.
Al igual que en el Paseo por el orgullo gay, celebrado el 28 de julio
en el céntrico Paseo del Prado, de esta ciudad, junto a las personas
LGBT estuvieron heterosexuales que se solidarizan con su causa,
asumiéndola como un tema de derechos humanos.
viernes, 26 de agosto de 2011
Izarán la bandera gay en el Pico Turquino
Izarán la bandera gay en el Pico Turquino
"Activistas de TransCuba, HxD (Hombres por la Diversidad) y la red de
jóvenes universitarios ondearán por primera vez en el punto más alto de
Cuba la bandera arcoiris", dijo el sitio digital del oficialista CENESEX
Agencias, La Habana | 26/08/2011
La bandera del Arcoiris, emblema de la diversidad sexual, ondeará por
primera vez en la cima del Pico Turquino, el más alto de Cuba, cuando
sea izada por grupos homosexuales que escalarán la montaña a fines de
septiembre, informó este jueves una entidad oficial, informó el jueves
la AFP.
"Activistas de TransCuba, HxD (Hombres por la Diversidad) y la red de
jóvenes universitarios ondearán por primera vez en el punto más alto de
Cuba la bandera arcoiris", dijo el sitio digital del Centro Nacional de
Educación Sexual (CENESEX) que dirige Mariela Castro, hija del
mandatario Raúl Castro.
Desde el triunfo de la revolución de Fidel Castro la escalada de ese
pico de 1.974 metros, ubicado en el corazón de la Sierra Maestra, se
convirtió en símbolo de firmeza y voluntad política.
Una foto histórica muestra a Fidel y Raúl Castro, fusiles en alto y
acompañados por otros "rebeldes" en la cima de la montaña, cantando el
himno nacional, frente a un busto del héroe nacional José Martí.
La escalada partirá desde la ciudad de Santiago de Cuba, 900 km al
sudeste de La Habana, el 25 de septiembre e involucra a "las redes
sociales del CENESEX, convocadas por el grupo de mujeres lesbianas y
bisexuales Oremi".
"Con esta iniciativa, además, se busca apoyar las campañas por la
liberación de los 5 antiterroristas cubanos presos en cárceles de los
Estados Unidos", dijo el sitio, en referencia a los agentes cubanos
condenados por espionaje, que la Isla reivindica como luchadores contra
grupos anticastristas violentos asentados en Miami.
Los homosexuales también visitarán el Mausoleo del Segundo Frente, en la
misma provincia, para rendir homenaje ante la tumba de Vilma Espín,
esposa de Raúl Castro, quien en vida fue la máxima dirigente femenina de
la Isla.
http://www.cubaencuentro.com/cuba/noticias/izaran-la-bandera-gay-en-el-pico-turquino-267476
martes, 23 de agosto de 2011
Para colaborar con Mariela Castro (II)
Para colaborar con Mariela Castro (II)
Segundo de una serie en seis partes, sobre las atrocidades sufridas por
quienes fueron enviados a las UMAP
Félix Luis Viera, México DF | 23/08/2011
Los gritos de "¡De pie!" se escucharon antes del amanecer. Algunos de
los hombres, también gritando, dijeron que no sabían qué significaba "De
pie". Los soldados llevaban lámparas de mano y recorrían el barracón
instando a levantarse. Algunos de ellos pateando con fuerza el piso
mientras repetían "antes del amanecer, antes del amanecer".
El barracón estaba rodeado de jeeps y tres o cuatro camiones del
Ejército. Los faros de estos ofrecían la única luz. Serían en total 80 o
90 hombres. En la penumbra, los soldados repartieron un pedazo de pan
con algo que debía ser mantequilla. Algunos de los citados exclamaban
"agua". Un soldado, sobre todo ése, cuando escuchaba esta expresión
respondía en alta voz: "¡En el ejército no hay sindicato!".
Debieron subir a los camiones en medio de la oscuridad. De nuevo, en los
extremos de la plancha iban soldados con fusiles. El silencio, el
silencio de los hombres, se podía tocar, si descontamos algunos
quejidos, rezos, suspiros. Se escuchaban realmente los ruidos de los
motores, de algún ave nocturna, de las ramas pegando contra los
laterales de los camiones: el camino era de tierra y estrecho, lo decían
los baches.
Antes de la parada final, los camiones se detuvieron. Reanudaron la
marcha cuando el sol ya apuntaba. Finalmente, fueron a dar a una
explanada rectangular cruzada por las líneas del ferrocarril. Allí
estaban otros militares, que "recibieron" a los encartados de mano de
los anteriores. Arrimaron a los hombres hacia un lado, los amontonaron
más bien custodiados por un grupo de guardianes con fusiles en posición
de Apunten. Se sintió a lo lejos el ruido de una locomotora, que al fin,
cuando pasó, resultó ser de color negro, antigua, de vapor, y que
arrastraba una ristra de vagones de carga, cerrados. El convoy se detuvo
y dos soldados, que tenían aires de jefe, fueron hasta uno de ellos y
regresaron con otros militares que cargaban unas calderas grandes que,
luego se sabría, contenían leche. Una leche acuosa, tibia. No todos los
citados traían vasos y esto demoró el trámite: unos debieron esperar a
que terminaran de beber los otros, los que sí traían vasos.
Ya en la claridad, fue posible ver que el promedio de los citados se
hallaba magullado, con las ropas renegridas de churre y cagarrutas de
chivo, y el miedo en toda la cara. Unos, extrañamente, habían acudido a
la citación vestidos de blanco.
Los soldados ordenaron hacer una fila paralela a los últimos vagones, y
cuando la avanzada de los reclutados llegó justo a la entrada del
primero de estos últimos, que tenía la puerta abierta, mandaron a subir.
Uno de los hombres, gordo más bien, de pelo y piel rojizos, quizás de 25
años de edad y que cuando estaban repartiendo la leche se había hecho
llamar María Elena, dijo entonces: "Yo no puedo subir", mientras
mostraba sus manos ocupadas con sendos maletines y, agarrada contra una
axila, una bolsa de tela. Se apartó de la fila. Un soldado se le acercó
moviendo la cabeza de un lado a otro. Lo conminó rozándole el pecho con
la culata del fusil. Pero el de pelo rojizo negó con la cabeza y, con
varios gestos de cara, volvió a llamar la atención sobre su equipaje. El
soldado silbó llamando a uno de sus pares que se encontraba lejano de la
fila. Éste se acercó y a una orden tomó los dos maletines del pelirrojo
y los impulsó hacia dentro del vagón. Y abrió la bolsa de tela. Era un
osito de peluche, muy gastado, raído, rosado un día. A una orden, el
soldado que se había acercado lanzó el osito lejos, contra la yerba.
Los laterales de las líneas estaban rellenos de piedras filosas,
sobresalientes. Para los hombres de más edad, para los más pesados, para
los menos preparados físicamente en fin, no resultaba sencillo subir,
desde las estelas de piedras que atemorizaban a la vez que dificultaban
el equilibrio, de un solo movimiento al piso de los vagones, como
querían los soldados. Uno, que luego diría se llamaba Agustín San Román,
muy alto, delgado, mulato, de unos 30 años de edad, trastabilló y fue de
rodillas contra las pierdas. Se quejó en silencio. Cojeando, recogió sus
pertenencias y las deslizó hacia dentro del vagón. Dos de los que ya
estaban dentro lo ayudaron, tuvieron que arrastrarlo hacia sí.
Cuando ya todos habían subido, aparecieron por un camino enyerbado,
enfrente, otros camiones de donde los escoltas hicieron bajar a grupos
semejantes. Pasaron por el mismo proceso, leche incluida desde las calderas.
Cuando ya los últimos en llegar habían subido, las puertas de los
vagones, sin embargo, continuaron abiertas. Y unos minutos después se
escuchó el ruido propio de otras que se abrían; eran las de los vagones
delanteros. Voces que llegaban desde allá. Gritos de los soldados que
hacia allá, lejos, acarreaban otras calderas de leche.
En un rincón del vagón que ocupaba, María Elena se mesaba su diezmada
cabellera rojiza, sentado sobre sus dos maletines. Tenía la vista
perdida en el piso, repleto con los cuerpos de sus compañeros de viaje.
Si se miraba hacia los cuatro puntos cardinales no se veía a nadie que
no fueran los soldados y los citados.
Se escucharon gritos que avisaban que ya iban a cerrar las puertas. "El
tiempo apremia", gritaba uno de los que venían dando la orden a los que
se hallaban apostados en las puertas.
Era la media mañana del domingo 19 de julio de 1966.
En el vagón que le había tocado, uno de los hombres, de unos 20 años de
edad y cuya cabellera debió de ser frondosa —negra era— antes de pelarse
al rapado, como exigía la citación que lo había llevado hacia donde
estaba ahora, gritó casi:
"Los golpes se pueden cobrar, pero no hay vida que alcance para cobrar
la humillación".
http://www.cubaencuentro.com/cuba/articulos/para-colaborar-con-mariela-castro-ii-267317
lunes, 22 de agosto de 2011
Un daño irreparable
Monday, August 22, 2011 | Por Alejandro Tur Valladares
CIENFUEGOS, Cuba, agosto, (Jagua Press, www.cubanet.org ) – Uno de los
pilares sobre los que en el pasado descansaba la retórica
propagandística del régimen, era el de los programas sociales que había
implementado y que utilizaba como paraban para ocultar, tras el brillo
cegador de las gratuidades y el igualitarismo, los desmanes del poder.
La podredumbre de la corrupción y el el autoritarismo, era atenuada por
el perfume del falso humanismo con que se enmascaraba la irascible
revolución.
Para quienes contemplaban y trataban de interpretar nuestra experiencia
allende los mares, los programas de salud, educación, y seguridad
social, entre otros, constituían el ejemplo más cercano del Paraíso en
la Tierra. De la vieja y culta Europa venían a visitarnos exóticos
intelectuales de la siniestra que extasiados cantaban loas al régimen,
poniendo su granito de arena en la construcción del mito.
Sin embargo, la percepción que estos buenos señores tenían –y difundían-
de Cuba andaba muy alejada de la realidad. Tal vez el primer despertar
lo tuvieron algunos cuando supieron lo que acontecía en esta ardiente
tierra del trópico con los "flojitos" (término peyorativo con el que
calificaban los comunistas a los homosexuales). Muchas de las plumas
que narraban la epopeya de la forja del Hombre Nuevo, pertenecían a ese
grupo que la moral comunista consideraba un vergonzoso rezago del pasado
pequeño burgués.
Con los campos de trabajo forzado de las UMAP, primero, la cárcel bajo
la tipificación de peligrosidad social, o el exilio forzoso a través del
puente marítimo del Mariel, en 1980, el régimen buscó deshacerse de
quienes, por amar a alguien de su mismo sexo eran considerados por los
comisarios políticos, guardianes de la moral revolucionaria, como entes
aberrados.
El homosexualismo era considerado entonces por las escuelas de
psicología de la extinta Unión Soviética, – de las cuales copiamos –
como una enfermedad, una desviación en la conducta humana que tenía que
ser curada medicamente. Todavía recuerdo cuando siendo yo un niño, los
padres de Pedrito, un compañerito del barrio de mi misma edad, lo
llevaban al psicólogo para tratar de curarlo de la "grave enfermedad"
que le haría la vida imposible en nuestro paraíso socialista.
Por supuesto que fracasaron. Al final lo único que lograron fue que
Pedrito hablase una voz algo más grave y perdiese para siempre, su
autoestima y su dignidad.
Pachucho, "El Viejo espigón" como se le conocía en el mundo gay, la pasó
peor. Fue sorprendido en la década de los setenta, en el baño público de
la terminal de ómnibus local, en un apasionado encuentro con un
desconocido y fue a dar con sus huesos, a la tenebrosa Prisión
Provincial de Ariza.
Que las cosas fueron así lo testifica el mismo Fidel Castro, quien
durante una entrevista concedida el año pasado a la reportera del diario
mexicano "La Jornada" nombrada Carmen Lira Sade, reconoció tácitamente
que hubo persecución en Cuba a los homosexuales. Al intentar explicar
por qué permitió él los abusos, lo único que logró fue enlodar aun más,
la imagen liberadora y liberal con que quiso siempre disfrazar su
dictadura, que algunos insisten en llamar "proceso revolucionario". Sin
embargo no se equivocó cuando reconoció que el daño era irreparable.
sábado, 20 de agosto de 2011
Matan a golpes a joven homosexual
Ana Margarita Perdigón
20 de agosto de 2011
Sancti Spíritus, Cuba – www.PayoLibre.com – Un trabajador paramédico gay
perdió la vida tras sufrir tunda de los agentes de la autoridad el 14 de
agosto en Sancti Spíritus.
El pasado domingo, un camillero del Hospital Camilo Cienfuegos de la
ciudad del Yayabo, quien era conocidamente homosexual y cuyas demás
generales no han podido averiguarse hasta el momento, murió tras recibir
una paliza a manos de la policía.
Según ha podido conocer Yayabo Press, el joven participó en una
discusión alrededor de las nueve de la noche, a raíz de lo cual fue
detenido y conducido a la unidad de la fuerza pública. Ya en ese sitio,
fue golpeado con saña. El paramédico murió pocas horas después.
Ciudadanos presentes en su velorio, afirmaron el día 15 que la paliza
fue una manifestación de homofobia, ya que el camillero occiso era
ostensiblemente gay, lo cual provocó el repudio de gendarmes machistas.
Uno de los dolientes comentó: "Esto fue crimen y un abuso de la policía".
Agencia Yayabo Press
